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Piedritas

Si hay algo que no puede discutirse es que, lo percibamos o no, las piedras nos tienen rodeados. Por abajo, las encontramos desperdigadas en el suelo, en el desorden casual de los bosques , o intencionadamente ordenadas en los empedrados de las ciudades. Por arriba, no deja de velarnos el sueño, desde el atento cielo, la cíclope piedra luna.

Ingenuos, creemos que son apenas pisapapeles auxiliares del otoño, cuando si no fuera por una de ellas, la más inmensa azul, que nos sujeta, andaríamos flotando azarosos por el vacío del espacio.

Las vemos llover, sin darnos cuenta. Y las vemos sin ver, antes aún de emocionarse y de la lluvia, puntos negros, piedras-humo suspendidas en lo más blanco de lo blanco, las nubes.

¿Y quién se atrevería a arrojar la primera? ¿Saldría de nuestra mano con alusión evangélica o simplemente se trataría de una piedra a la que cargamos con nuestra curiosidad por saber lo que se siente cuando se es pájaro, por un instante?

Con solo ubicarse junto a una módica montaña (única piedra imposible de atesorar en el estante del coleccionista) tendremos la sensación de escala: ¡no les llegamos ni a los pies a las piedras! Ellas ejercen desde el principio de los tiempos nuestro destino final: la serena, callada quietud.

Por todo lo anterior, dejo al lector, en el presente libro, mi ofrenda, un puñado de piedritas. Demóstenes, el famoso orador, practicaba sus discursos con algunas en la boca para mejorar su dicción. Humildemente, me dediquí a amontonar estas como pude, alrededor de unas cuantas palabras, para convocar, al decir de Diana Bellesi, "la pequeña voz del mundo".

(Piedritas. Mágicas Naranjas ediciones (Buenos Aires, 2016). Fotografóas de Leticia Fraguela.)

Piedritas

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